Paradojas energéticas

El Gobierno del presidente López Obrador comienza dándonos de qué hablar en el panorama energético.
El Centro Nacional de Control de Energía (CENACE) anunció esta semana la suspensión de la primera subasta de energía eléctrica a largo plazo. La noticia causa inquietud, pues precisamente uno de los principales incentivos para entrarle a la industria eléctrica, es la capacidad de participar en el Mercado Eléctrico Mayorista en un esquema de libertad para adquirir electricidad al menor costo en un modelo competitivo. La suspensión de la subasta pone en entredicho la lógica del modelo en sí mismo. Y peor aún, amenaza la viabilidad económica de desarrollar proyectos de energía limpia si estos no podrán vender su producto en un mercado libre y competitivo.
En el ámbito de los hidrocarburos se ha reiterado el rechazo del fracking como una práctica para la producción de gas natural. La fracturación hidráulica, popularmente conocida como fracking, es una práctica cuestionada, aunque igualmente efectiva para la extracción de gas natural a partir de fuentes no convencionales. El norte del país cuenta con importantes reservas de gas que únicamente serán extraíbles a partir del fracking, por lo que rechazar esta práctica imposibilitará su explotación y perpetuará la dependencia de México de importar gas natural desde Estados Unidos.
La decisión no es particularmente congruente con la premisa principal que ha asumido la presente administración de bajar el precio de los combustibles y consolidar la seguridad energética del país. Prohibir el fracking en el territorio nacional dará una ventaja competitiva a los productores en el extranjero, quienes sí emplean esta práctica de manera habitual. Entonces ojo, si la causa para sostener el rechazo del fracking tiene sustento en consideraciones ambientales, habría que ampliar la postura a prohibir la importación de gas proveniente de fuentes no convencionales explotadas con esta práctica. De lo contrario este rechazo no es más que económicamente ineficiente y ambientalmente ineficaz.
Por otro lado, no resulta novedosa la intención de este gobierno de construir dos nuevas refinerías. Ya lo había anunciado el presidente en su campaña, y volvió a hacerlo en el discurso de la toma de posesión. El tema es controversial y tiene razones en ambos extremos. Es entendible buscar consolidar la seguridad energética del país, que hoy importa la mayoría de sus combustibles. Por otro lado, frente a la revolución de la energía renovable, y la tendencia a que termine por consolidarse en nuestra vida diaria, es cuestionable si vale la pena apostar a largo plazo (la amortización no se produciría de otro modo) por los combustibles fósiles, que pareciera que tienen los días contados.
Finalmente, esta semana López Obrador confirmó la suspensión de las rondas petroleras por los siguientes tres años, lo que en el sector se estima que podría traer una pérdida gigantesca de empleos y monetaria. La pregunta que no se ha respondido aún es qué pasará si las rondas ya no son la manera de operar el modelo energético, con el riesgo de un estancamiento indefinido.
¿A dónde se dirige el panorama energético en México? Y la paradoja, ¿apostarle a este cambio a costa de la vulnerabilidad frente al cambio climático? Está por verse.

 

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